El mito del origen


El origen de la civilización andina se pierde en las ruinas de la cultura Chavin, en el Norte del Perú, y las de Tiwanaco en el altiplano boliviano. Su milenaria historia, junto a la del imperio inca -el Tahuantinsuyo-, se transmite, no obstante, de generación en generación a través de los hermosos mitos y leyendas de una cultura que se expresa en dos lenguas, en aymara y en quechua

Wiraqocha fue el gran creador del Universo. Antes sólo había humo y oscuridad. Creó el cielo, la tierra y los primeros seres humanos a quienes hizo de gran estatura. El mundo, en realidad, quedó dividido en dos lados opuestos. El Alax Pacha, el mundo de arriba donde habitan el sol y la luna y el Manqha Pacha, el mundo de abajo donde permanece el pasado. Entre ambos, un mundo intermedio: el Aka Pacha de los humanos.
Aquellos seres originarios, sin embargo, no tardaron en desobedecer las instrucciones que Wiraqocha les había dado, provocando su cólera. En consecuencia, los convirtió en estatuas de piedra que dejó en grutas y cerros y a continuación desató un gran diluvio, el Huno Pachakuti. El mundo quedó de nuevo en la oscuridad. Al diluvio sobrevivió un puma, aislado en medio del lago Titikaka (1) donde sólo brillaba el resplandor dorado de sus ojos.
Tiempo después el Creador emergió del Lago. La oscuridad desapareció porque al instante reemplazó los ojos del puma por el sol (inti) y la luna (quilla). De su unión nacieron dos hijos, la pareja divina formada por Manco Capac y Mama Oclla, el primer Inca y la primera Colla.
Wiraqocha se dirigió luego a Tiwanaco y mezclando con agua y barro del Titikaka a los seres anteriores que había petrificado, construyó hombres y mujeres de menor estatura que aquellos, creando así la nueva humanidad. Les dió nombre, vestidos e instrumentos agrícolas; les enseñó las lenguas, las costumbres, las artes y les transmitió leyes justas. De las Huacas, los lugares sagrados en los cerros y grutas, salió la nueva humanidad.
Wiraqocha regaló a Manco Capac un bastón de oro. Le ordenó recorrer los caminos hasta encontrar un lugar especial en la tierra. Al final, en el Valle de Huana Cauri el suelo se tragó el bastón y allí mismo nació un bello árbol, símbolo de la sabiduría de la nueva humanidad. En ese sitio se fundó Cuzco, el ombligo del mundo, la más hermosa ciudad del Tahuantinsuyo. El Creador entonces atravesó el país andino, llegó a la costa y desapareció caminando sobre las aguas del mar. Terminada la Creación, dejó a los hombres y mujeres la tarea de mantenerla.
El universo andino, pues, nació dual, formado por elementos opuestos que se complementan y generan equilibrio. Lo que está arriba y lo que está abajo; lo femenino y lo masculino; el día y la noche que se turnan. Los andinos, entonces, viven entre el mundo de arriba y el de abajo; es decir, se rigen por el orden cósmico y el pasado. En este sentido, la relación del espacio/tiempo donde habita la humanidad -el Aka Pacha- con los otros dos mundos, es permanente. En la Pachamama, la Madre Tierra, los lugares sagrados, por ejemplo, están en todas partes: en las montañas, lagos y caminos, simbolizando la relación con los orígenes y los antepasados (Achachilas). La vida diaria, las labores agrícolas y las fiestas están en correspondencia con el cosmos, principalmente con los cambios que producen las estaciones. Los andinos comprenden que no deben perturbar la armonía universal, la armonía de la creación de Wiraqocha.
En la Pacha de abajo reside el pasado. La vida en Los Andes se piensa y construye de acuerdo a lo que el pasado ha establecido. El futuro es también un regreso al pasado. En consecuencia, la existencia del mundo andino transcurre a través de ciclos. Cada 500 años aproximadamente se produce una transformación, el Pachakuti (2), para dar paso a un nuevo período. Entonces, el mundo de abajo retorna al mundo donde habita la humanidad y el ciclo que termina pasa a formar parte del pasado. Este proceso de transformación contiene siempre eventos y hechos importantes. Algunos cronistas españoles, incluso, llegaron a interpretarlo como un tiempo de guerra. El anterior Pachakuti, por ejemplo, significó el envío de la civilización inca al Manqha Pacha, donde permanece como fuente de una nueva sociedad.
En la cosmovisión andina, el retorno a los orígenes es siempre un cambio radical y profundo.
En el cíclico mundo andino, en efecto, el espacio/tiempo está invariablemente condicionado a la transformación, a un nuevo comienzo.
El último Pachakuti -el femenino Warmi Pachakuti-, según el calendario andino se inició el año 1992. Poco después, un eclipse de sol, el intijiwaña, dió lugar al nacimiento del quinto sol, el intiyuriña.
Desde entonces, las naciones andinas han estado convulsionadas por hechos políticos y sociales de gran trascendencia como los que han sucedido en Ecuador y Bolivia. Se trata de poner en vigencia principios fundamentales de convivencia social y con la naturaleza, enviando al mundo del pasado la historia de los últimos 500 años que han significado invasión, exterminio y marginación para los pueblos y culturas andinas. Es su propia forma de interpretar la realidad, de ejercer su derecho a la resistencia y construir un nuevo proyecto socio-político en Abya Yala, el continente americano.
Así, pues, la importante valoración del pasado se revela como elemento básico para comprender el sentido de la existencia en Los Andes.
El Pachakuti representa, en fin, un cambio integral a todos los niveles: espiritual, ético, social, económico y político. En este proceso, la transformación debe conducir a retomar el camino de la reciprocidad, la solidaridad, la justicia social, la paz y la defensa de la vida en todas sus manifestaciones.
Una gran oportunidad, sin duda alguna, para contribuir a restablecer el equilibrio entre el cosmos y la Tierra. Ha sido, por lo demás, el mensaje que los pueblos indígenas enviaron al mundo desde Tiwanaco el 21 de enero de 2006, el Jach’a Uru (Gran Día) cuando el presidente Evo Morales recibió el mandato de los Kurakas, unidos el águila del norte y el cóndor andino para anunciar juntos nuevos tiempos.”

1 Titi: puma en lengua aymara; Kaka: color dorado.
2 En lengua aymara “kuti” significa retorno, regreso al lugar de origen, cambio, transformación. El verbo es “kuty”: retornar. “Pachakuti” indica, por tanto, el regreso al espacio/tiempo original. Se deriva también el sustantivo “pachakutek”: el que renueva el mundo y lo transforma.

Fuente: Sol del Sur

Anuncios

Tilcara

El micro se detuvo en una estrecha callecita polvorienta, donde algunos pobladores esperaban el próximo servicio, quién sabe a dónde.

El sol les ardió en las mejillas y en el pelo al bajar. Miraron a su alrededor con extrañeza, sus ojos de ciudad encandilados por tanta luz. Aquí el cielo relucía, azul y diáfano, contrastando con las casas de adobe de techos bajos, que parecían fundirse entre la montaña y la tierra.

Esperaron su turno para retirar el equipaje. Mientras A. cruzaba algunas palabras con una extranjera, en italiano, K. miraba a su alrededor, ensimismada, intentado descubrir si ese lugar iba a gustarle o no. Reunieron el equipaje, y arrastraron con dificultad sus maletas con ruedas por el fango, pensando qué lejos estaban de casa. En la esquina tomaron un taxi que zigzagueó por otras callecitas, igual de estrechas, igual de polvorientas. Y la ciudad  comenzó a revelarse a través de las ventanillas: antiguos almacenes convivían con encantadores restaurantes. Una escuela. Casas que trepaban cuesta arriba, perdiéndose en los límites del cerro. Y allí, delante, la plaza, con su magnífico mercado, que las cautivó de inmediato. Sonrieron por primera vez desde su llegada, con alivio, sin presentir que una parte de ellas iba a quedarse allí para siempre.

Tilcara, Septiembre 2010

Flores de sal

Tomó un puñado de sal húmeda y dejó que resbalara lentamente entre sus dedos. El lugar era blanco e inmenso. Un salar de origen volcánico en cuya superficie se dibujaban con inusitada precisión pentágonos regulares e idénticos. Diseñados por un arquitecto minucioso e implacable, como ese río de lava que un día había cubierto más de cien kilómetros del valle. Simétricos y perfectos se alineaban, también, los piletones; cientos de ellos, de distintas edades.

“Se necesitan doce meses para que la sal emerja y se cristalice” les explicó el guía. Flores de sal, así llamaba a esos curiosos cristales que flotaban en el agua turquesa.

Allí, a lo lejos, una camioneta cruzaba el salar. Un punto apenas, en ese mar blanco y silencioso, abrumador.

Empezaron a caminar hacia el Bar de Sal, un proyecto en ciernes que no se sabía bien si seguía avanzando o se había detenido en el tiempo del salar. Un grupo de hombres taciturnos, de mirada esquiva  y muy pocas palabras, se alineaban a la sombra de uno de los muros del bar, tallando pacientemente bloques de sal. En el silencio de la puna se oía el sordo rechinar de sus navajas raspando la lava, dándole forma a cardones y llamas.

Se detuvo y compró una escultura, demasiado pequeña y tosca como para poder conservar tanta inmensidad. Después de todo, era sólo un intento más de atrapar un momento fugaz y rescatarlo del olvido, antes de que se escurriera entre sus dedos como un grano de sal del tiempo.

Allí, donde el cielo era más azul, y el hombre más pequeño, presintió que la vida era algo más que lo que le habían contado, y se dispuso a ir tras ella.

Salinas Grandes, Jujuy, Argentina. 8 de octubre de 2010