Tilcara

El micro se detuvo en una estrecha callecita polvorienta, donde algunos pobladores esperaban el próximo servicio, quién sabe a dónde.

El sol les ardió en las mejillas y en el pelo al bajar. Miraron a su alrededor con extrañeza, sus ojos de ciudad encandilados por tanta luz. Aquí el cielo relucía, azul y diáfano, contrastando con las casas de adobe de techos bajos, que parecían fundirse entre la montaña y la tierra.

Esperaron su turno para retirar el equipaje. Mientras A. cruzaba algunas palabras con una extranjera, en italiano, K. miraba a su alrededor, ensimismada, intentado descubrir si ese lugar iba a gustarle o no. Reunieron el equipaje, y arrastraron con dificultad sus maletas con ruedas por el fango, pensando qué lejos estaban de casa. En la esquina tomaron un taxi que zigzagueó por otras callecitas, igual de estrechas, igual de polvorientas. Y la ciudad  comenzó a revelarse a través de las ventanillas: antiguos almacenes convivían con encantadores restaurantes. Una escuela. Casas que trepaban cuesta arriba, perdiéndose en los límites del cerro. Y allí, delante, la plaza, con su magnífico mercado, que las cautivó de inmediato. Sonrieron por primera vez desde su llegada, con alivio, sin presentir que una parte de ellas iba a quedarse allí para siempre.

Tilcara, Septiembre 2010

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